Opinión
El Dow cerró en récord la semana en que Estados Unidos perdió 23.000 empleos
El mercado leyó el informe de empleo de julio como el anuncio de un recorte de tasas. Nueve días antes, tres miembros de la Reserva Federal habían pedido subirlas porque la inflación sigue en 3,5%. Opinión del editor: la bolsa le está poniendo precio a uno solo de los dos escenarios que la Fed tiene sobre la mesa.
El 7 de agosto se conoció que Estados Unidos perdió 23.000 empleos en julio, cuando los analistas esperaban una creación de 83.000. Ese mismo día el Dow Jones cerró en un máximo histórico y el S&P 500 encaminó su mejor semana desde abril, porque un mercado laboral débil acerca la posibilidad de que la Reserva Federal recorte su tasa. Nueve días antes, la Fed la había mantenido entre 3,50% y 3,75% y tres de sus miembros habían pedido subirla, porque la inflación sigue en 3,5%.
La Fed tiene dos objetivos —precios estables y empleo— que hoy piden decisiones opuestas, así que el recorte que sostiene la subida de la bolsa no está decidido. Y cuando llega, un recorte no baja de inmediato ni en la misma proporción lo que se paga por una tarjeta o un préstamo de auto. Para quien invierte a través de acciones, de un ETF o de un plan de retiro, buena parte del alza de esta semana descansa en una decisión que el comité todavía no ha tomado.
El viernes 7 de agosto, el Dow Jones cerró en un máximo histórico y el S&P 500 encaminó su mejor semana desde abril, según el seguimiento de mercado de Bloomberg. Ese mismo día, la Oficina de Estadísticas Laborales informó que Estados Unidos perdió 23.000 empleos en julio. Los analistas consultados por CNBC esperaban una creación de 83.000.
Para el trabajador, ese informe es una mala noticia. Para el inversionista fue, ese viernes, una buena: un mercado laboral que se enfría acerca la posibilidad de que la Reserva Federal baje su tasa de interés, y una tasa más baja levanta el precio de casi todos los activos financieros. La bolsa no celebró la pérdida de empleos, sino la reacción que espera del banco central.
Esta es la lectura del editor, y conviene decirla entera desde el principio: el mercado descontó una decisión que la Reserva Federal no ha tomado y que su comité discutió, nueve días antes, en la dirección contraria. El 29 de julio la Fed mantuvo su tasa entre 3,50% y 3,75%, y tres de sus miembros —Beth Hammack, Neel Kashkari y Lorie Logan— pidieron subirla porque la inflación sigue en 3,5%. El mismo informe que el viernes se leyó como el anuncio de un recorte contiene las razones por las que ese recorte podría no llegar.
Por qué un dato malo de empleo sube la bolsa
El precio de una acción es, en el fondo, una apuesta sobre las ganancias futuras de una empresa comparadas con lo que rendiría ese mismo dinero puesto en otra parte. Conviene tener presente qué representa una acción y qué mide un índice bursátil antes de interpretar un récord del Dow: un índice resume un grupo definido de empresas, no la economía de un país.
La tasa de la Reserva Federal entra en esa cuenta por tres caminos. El primero es directo: si el banco central baja su tasa, las empresas se financian más barato y los hogares pagan menos por comprar a plazos, así que se espera que vendan y ganen más. El segundo es aritmético: las ganancias futuras se comparan siempre contra lo que paga un bono seguro, y cuando ese rendimiento baja, las mismas ganancias de dentro de cinco años valen más hoy. El tercero es de competencia: un bono que rinde poco atrae menos dinero que una acción, y parte del ahorro se mueve hacia la bolsa. Los tres parten de la misma palanca, la tasa de referencia con la que un banco central mueve el crédito y el ahorro.
Ninguno de esos tres caminos exige que la economía real vaya bien; al contrario, los tres se activan cuando va peor de lo esperado. Los tres dependen, eso sí, de que la Fed reaccione.
Nueve días antes, tres miembros de la Fed pedían lo contrario
El comité que preside Kevin Warsh dejó la tasa donde estaba, pero no por unanimidad de criterio: tres de sus miembros pedían moverla hacia arriba. El argumento de esos tres era una cifra. La inflación sigue en 3,5%, muy por encima de la meta de 2% que el propio banco central se fijó como definición de precios estables.
Ese desacuerdo importa porque la Fed persigue dos objetivos a la vez. El Congreso le encargó mantener los precios bajo control y sostener el máximo nivel de empleo compatible con esa estabilidad. Durante la mayor parte del tiempo los dos objetivos apuntan en la misma dirección, y por eso rara vez se discuten por separado. Cuando la inflación se resiste y el empleo se debilita al mismo tiempo, cada objetivo pide lo contrario del otro: bajar la tasa para sostener el empleo, mantenerla o subirla para doblegar los precios.
Vale la pena recordar qué mide esa cifra. La inflación es el ritmo al que suben los precios en conjunto, no su nivel; que baje de 3,5% a 2% no significaría que las cosas vuelvan a costar lo que costaban, sino que encarecen más despacio. Lo explicamos en cómo se mide la inflación y por qué reduce el poder de compra. Con la inflación en 3,5%, la tasa de la Fed apenas la supera; es un margen estrecho para empezar a recortar.
El informe de empleo dice menos de lo que el mercado le hizo decir
Los 23.000 empleos perdidos no se repartieron por igual. El gobierno recortó 53.000 puestos, sobre todo en educación pública local. Ocio y hospitalidad —restaurantes, hoteles, entretenimiento— perdió 40.000. El sector privado en conjunto sumó 30.000, de modo que, hecha la resta, el resto de las actividades privadas creó cerca de 70.000 empleos; según el Indeed Hiring Lab, las mayores ganancias del mes estuvieron en construcción y en educación y salud privadas.
Esa composición cambia la lectura. Un recorte de nóminas públicas no responde al mismo mecanismo que un despido en una fábrica o en una cadena de tiendas: depende de decisiones de presupuesto y de contratación de un gobierno local o federal, no directamente de cuánto están vendiendo las empresas. Un informe en el que el saldo negativo lo produce el sector público y una sola rama de servicios no describe todavía un enfriamiento general.
La tasa de desempleo quedó en 4,1%, un nivel que en otro contexto se leería como el de un mercado laboral sano. Pero esa tasa solo cuenta como desempleado a quien busca trabajo de forma activa. Parte del descenso vino de personas que dejaron de buscar y salieron de la fuerza laboral: al abandonar el conteo mejoran el porcentaje sin haber encontrado empleo. El indicador se ve mejor por la razón equivocada.
El dato que más pesa en la discusión sobre las tasas es otro. Los salarios crecían 3,2% anual, el ritmo más flojo desde 2021 según el informe. Frente a una inflación de 3,5%, ese aumento no alcanza a cubrir lo que subieron los precios.
Ahí el conflicto se vuelve concreto. Un crecimiento salarial débil es, para la Fed, la mejor evidencia de que la inflación va a ceder, porque el canal por el que los precios se vuelven persistentes pasa por los sueldos. Y es, al mismo tiempo, la confirmación de que el trabajador ya está pagando el ajuste: su salario sube menos de lo que subieron los precios y, además, el mercado laboral dejó de crear empleo. Las dos lecturas salen del mismo dato.
Lo que el mercado de bonos cobraba nueve días antes
En torno a esa reunión, el rendimiento del bono del Tesoro a dos años tocó 4,24%. Conviene detenerse en ese número, porque mide lo mismo que celebró la bolsa —lo que hará la Fed— y lo mide distinto.
Un bono a dos años funciona como una encuesta hecha con dinero real sobre lo que hará la Fed en ese plazo. Ya defendimos por qué el interés que le cobran al Gobierno es la señal más difícil de maquillar: nadie lo decreta, se negocia todos los días y no tiene metodología que retocar. Si los prestamistas esperaran una cadena de recortes, aceptarían por dos años un interés menor que la tasa vigente hoy. El 29 de julio pedían más.
Esa diferencia no prueba que los recortes no vayan a ocurrir. Un rendimiento a dos años también incluye la compensación que exige quien compromete su dinero a plazo, y el número corresponde a los días de la reunión, antes del informe de empleo. Lo que muestra es que, en la semana anterior al viernes, quienes le prestan al Gobierno no estaban descontando el mismo futuro que descontó la bolsa.
La lectura contraria: por qué el mercado puede tener razón
Hay argumentos sólidos para sostener lo contrario: que el recorte llega de todos modos. Son tres, y ninguno depende de la reacción de la bolsa.
El primero es de calendario. La política monetaria actúa con retraso: una decisión de tasas tarda meses en llegar al crédito, al consumo y a la contratación. Un banco central que espere a ver la inflación en 2% para bajar la tasa estará frenando una economía que ya se enfrió. Si el objetivo es evitar una recesión, hay que moverse antes de la confirmación.
El segundo es el propio dato de salarios. Una inflación se vuelve persistente cuando los sueldos y los precios se empujan mutuamente. Un crecimiento salarial de 3,2%, el más flojo desde 2021, es lo contrario de esa espiral y le da a la Fed motivos para creer que el 3,5% actual cede por su cuenta.
El tercero es la dirección del deterioro. El informe no solo mostró una pérdida en julio: también revisó a la baja los meses anteriores. Cuando el empleo deja de crecer y el historial reciente resulta peor de lo que se creía, el objetivo que aprieta deja de ser el de los precios.
El riesgo de una Fed atrapada
El problema no es que la Fed vaya a equivocarse de decisión. Es que las dos decisiones disponibles tienen un costo, y ninguna de las dos se parece al escenario que la bolsa celebró.
Si recorta con la inflación en 3,5%, corre el riesgo de instalar la idea de que el 2% dejó de ser una meta seria. Además, la Fed fija la tasa del dinero a muy corto plazo, no la de las hipotecas ni la del crédito a varios años. Esas las fijan los prestamistas en el mercado, y si consideran prematuro el recorte, pueden exigir más interés justo cuando el banco central baja el suyo. Ese es el resultado incómodo: dinero más barato para el sistema financiero y crédito igual de caro, o más caro, para los hogares.
Si mantiene la tasa —o la sube, como pidieron tres de sus miembros—, el empleo sigue debilitándose y la subida de la bolsa se queda sin la premisa que la sostiene.
Para quien mira su cuenta de inversión hay una tercera incomodidad, la más difícil de asumir. El recorte que sostiene el alza solo llega si la economía empeora lo suficiente para justificarlo. Es una apuesta a que la Fed rescate un deterioro que todavía no ha tocado las ganancias de las empresas; si el deterioro avanza hasta forzar la mano del comité, es probable que para entonces sí las haya tocado.
El efecto sobre el bolsillo, además, no es inmediato ni proporcional. Cuando la Fed baja su tasa, la tarjeta de crédito y el préstamo de auto no bajan el mismo día ni en la misma medida: cada producto tiene su propio margen, su plazo y sus cargos, como se ve en de qué depende el costo de un crédito.
Los límites de esta lectura
Todo lo anterior se apoya en un mes de datos y en una semana de mercado, y conviene decir qué no soporta esa base.
Las nóminas se revisan. El propio informe de julio corrigió a la baja los meses anteriores, así que la cifra de 23.000 puede cambiar. Una semana de récords tampoco es una tendencia: los índices se mueven por muchas razones a la vez, y que el alza coincidiera con el informe de empleo no demuestra que fuera su única causa.
El 4,24% del bono a dos años corresponde a los días de la reunión de julio; una semana de expectativas de recorte pudo haberlo movido. Y el 3,5% de inflación es la cifra que citaron quienes pidieron subir la tasa: describe el promedio de una canasta, no lo que sube en cada hogar.
Qué mirar en las próximas semanas
El próximo dato de inflación es la señal principal. Si el 3,5% empieza a ceder, el argumento de los tres miembros que pidieron subir la tasa pierde fuerza y el recorte que descontó la bolsa se vuelve más probable. Si se mantiene o sube, la Fed llega a su próxima reunión con el conflicto intacto.
El rendimiento del bono a dos años frente al rango de la Fed dice si el mercado de deuda comparte el optimismo de la bolsa. Mientras siga por encima de 3,75%, quienes le prestan al Gobierno no están descontando la cadena de recortes que sostiene el precio de las acciones. Si cae por debajo del rango, las dos señales estarían diciendo lo mismo.
El próximo informe de empleo importa por dos motivos: por su cifra y por lo que haga con la de julio. Una revisión hacia un número menos malo debilita la tesis del enfriamiento; una revisión a peor la refuerza y le da al objetivo de empleo un peso que hoy no tiene.
La composición de ese informe es tan reveladora como el total. Si la pérdida se extiende del gobierno y de ocio y hospitalidad al resto del sector privado, deja de ser un ajuste sectorial y pasa a ser un enfriamiento general. Y si la tasa de desempleo sube porque hay gente volviendo a buscar trabajo, sería una señal distinta —y bastante menos mala— que la de julio.
Ninguna de esas señales dirá qué va a hacer la Reserva Federal. Sirven para algo más modesto: saber si la historia que el mercado se contó el viernes sigue en pie. Por ahora, la bolsa está pagando por un recorte que el comité no ha prometido y que tres de sus miembros querían sustituir por una subida.
Esto es educación, no asesoría: es la opinión del editor sobre cómo leer la distancia entre un dato de empleo y la reacción del mercado, no una recomendación de compra o venta; cada decisión depende del plazo, los objetivos y la tolerancia a pérdidas de quien invierte.
Fuentes
Esto es educación financiera, no asesoría personalizada. Evalúa tus propios números y, si lo necesitas, consulta a un profesional antes de decidir.